Una Curiosa Historia Euro americana
Home-Page Benvegnuo - uncuò xe sabo, 24 setenbre 2005
CHIPILO: etnia, lengua, cultura e ideología véneta en México
STANPA
Eduardo Montagner Anguiano
Chipilo -oficialmente Chipilo de Francisco Javier Mina- es una comunidad ubicada a doce kilómetros de la capital de Puebla, al suroeste, entre Cholula y Atlixco. Se encuentra a una altitud de 2,150 metros sobre el nivel del mar y pertenece al municipio de San Gregorio Atzompa. Su superficie abarca alrededor de 600 hectáreas y cuenta con poco menos de 3000 habitantes, en su mayoría descendientes de italianos. Aún hay gran número de chipileños sin mezcla racial con mexicanos; otros son mestizos y hay también gente foránea que vive en Chipilo sin tener lazos sanguíneos de origen italiano .
Las características físicas que distinguen a los chipileños de quienes los rodean son las típicas que encontramos entre los pobladores de la Italia del norte: piel blanca, con tendencias a lo rubicundo; cabello rubio, castaño, pelirrojo o negro; ojos azules, verdes o cafés; estatura de, entre 1.70 y 1.80 metros.
ZONAS DE ORIGEN
Los inmigrantes llegados a Chipilo eran originarios de la Región del Véneto, ubicada al norte de Italia. Nacieron en las provincias deTreviso y Belluno.
Durante los años de la emigración italiana, había en América un criterio de selección para reclutar inmigrantes italianos: debían ser del norte.
APELLIDOS
Los chipileños constituyen en México una minoría étnica no reconocida oficialmente, que presenta rasgos etnoculturales propios y distintivos. Contando los apellidos italianos que aparecen en las listas de los emigrantes entre 1882 y 1889, tenemos poco más de 130 apellidos distintos. Algunos de éstos figuraban en segundo grado porque eran mujeres casadas las que los tenían. Haciendo un recuento de lo que se consignó en las listas de los emigrantes, conocemos 48 apellidos traídos por mujeres y 86 traídos por hombres. Durante la primera mitad del siglo XX, los apellidos más vitales -los de cada jefe de familia- eran aproximadamente 43. Luego hubo casos de algunas familias que salieron de la colonia (los Bertoni, Pasquali, Padovani, Zoletto, por ejemplo), mientras que otros apellidos fueron desapareciendo con el tiempo (como es el caso de los Romani, pues hoy en día solamente algunas mujeres lo llevan en primer grado). Actualmente en Chipilo hay sólo 29 apellidos vitales, con posibilidades de transmisión generacional: Son los siguientes: Bagatella, Barbisá n, Berra, Bortolini, Bortolotti, Bronca, Colombo, Crivelli, Dossetti, Galeazzi, Lavazzi, Martini, Mazzocco, Merlo, Minutti, Mioni, Montagner, Orlansino, Piloni, Précoma, Salvatori, Sebenello, Simoni, Spezia, Stefanoni, Vanzini, Zago, Zanella y Zecchinelli. Otros, como el Melo y el Facinetto, tienen comparativamente pocos portadores en Chipilo.
HISTORIA
La existencia de Chipilo se debe al proyecto de colonización desarrollado en México durante el periodo del Porfiriato, y particularmente a la ley del 31 de mayo de 1875. Los colonos europeos eran traídos por la Secretaría de Fomento, Colonización, Industria y Comercio.
A finales del siglo XIX se vivía en América una especie de ansia colonizadora y, en particular, América Latina volvía sus ojos hacia Europa, con intenciones de poblar su territorio trayendo extranjeros, varios de los cuales eran italianos. México no fue la excepción. Zilli Mánica en su libro Italianos en México rastreó documentos de la época y halló que muchas veces los mexicanos se enorgullecían cuando los europeos decidían radicar en México y no en Argentina o Brasil, como era costumbre. También nos dice que en un momento este proyecto de colonización fue realmente ambicioso -se pensaba traer miles de italianos- pero después, por problemas en el diseño de dicho proyecto, y a causa de la Revolución, los italianos traídos fueron abandonados a su suerte y la idea de la colonización se suspendió.
De este modo, llegaron colonos italianos a Veracruz (Colonia Manuel González), a Morelos (Colonia Porfirio Díaz), al D.F. (Colonia La Aldana), a San Luis Potosí (Cd. del Maíz) y a dos regiones de Puebla (en Mazatepec la colonia Carlos Pacheco y en Chipilo la colonia Fernández Leal). De todas éstas, la única que se mantiene sólida hasta hoy es la de Chipilo. Los otros colonos se disgregaron, se mezclaron y perdieron lengua, costumbres y demás rasgos distintivos.
Hay dos grandes vertientes que nos explican los motivos por los cuales Chipilo existe hoy. Una hay que buscarla en Europa: Italia se había unificado en 1866, apenas dieciséis años antes de que los italianos que formaron Chipilo fueran invitados a México. Esto explica muchas cosas: los antepasados de los actuales chipileños se dedicaban a labores rurales y la Italia de esos años sufría constantes crisis agrarias. Entonces la perspectiva de ir a poblar
una zona extranjera bastante alejada, un lugar que se conocía sólo con el nombre genérico de Mérica, era una opción ante las circunstancias de esos tiempos. Y la otra razón hay que buscarla justamente en México: en esos tiempos, México vivía un desarrollo
social burgués más anhelado que real; el país estaba en la etapa del afrancesamiento y los indígenas eran marginados en la vida social de la nación, de modo que poblar el campo mexicano con campesinos europeos se consideraba la mejor decisión. Italia estaba apenas unificada, reconociéndose a sí misma y descuidaba algunos aspectos de su suelo nacional y México deseaba europeizarse (hay estudiosos mexicanos que denuncian las políticas de blanqueamiento que desde el pasado, y aun hoy existen en el país). Italia dejaba salir a sus campesinos por el mundo y los representantes de México en el extranjero decían que no tenían suficiente gente de campo y que les sobraban tierras. Esto, por supuesto, estaba lejos de ser verdad.
Fue el 2 de octubre de 1882 cuando por fin llegaron alrededor de 530 italianos a las ex-haciendas de Chipíloc y Tenamaxtla -aunque el aniversario de la emigración se celebra el día 7 de octubre: día de la Virgen del Rosario -, ex-haciendas que estaban abandonadas y que eran usadas por bandoleros para atracar a quien pasaba por ahí.
Aunque se conservan las listas de ingreso de los colonos de esa época, es difícil determinar cuántos eran realmente porque había nuevos ingresos y también deserciones, y no todo se anotaba en papel (sin contar los errores de los secretarios). Agustín Zago Bronca , el cronista de Chipilo, cree que había 529 italianos y 39 mexicanos en Chipíloc en 1882.
Casi todos los italianos fueron hacinados en el casco de la exhacienda, mientras con sus propias manos construían sus casas en los terrenos que el gobierno mexicano les había dado. Se dice que no era Chipilo el lugar destinado a los italianos, sino una zona de San Martín Texmelucan (San Bartolo Granillo), pero que mandos intermediosdecidieron otra cosa y entonces los inmigrantes fueron enviados finalmente a Chipíloc. Sea como haya sido, lo cierto es que los italianos no encontraron las pródigas tierras que les habían sido prometidas y por las que habían dejado su país, sino que tuvieron que sufrir grandes privaciones a fin de sacarles algún provecho. Hubo muchos que desertaron de la colonia y se establecieron en otras zonas del país o incluso fuera de México; algunos regresaron a Italia, pero la mayoría tuvo que quedarse en Chipíloc. Son tradicionales en la comunidad algunas anécdotas de esos años funestos en los que no se tenía casi qué comer y en que casi ni el trabajo excesivo aportaba beneficios.
Los italianos habían sido traídos a México, pero no les resultaría gratis: tendrían que ir pagando con lo que su propio trabajo les fuera proporcionando. Existen listas en las que el gobierno anotaba la producción de maíz, trigo y frijol que los italianos cosechaban.
De ese tanto, se tenía que pagar determinada cantidad al gobierno. También hubo un tiempo en que los italianos se vieron forzados a prestar sus servicios como jornaleros en haciendas alejadas de Chipíloc.
Con la llegada de la Revolución Mexicana, los dirigentes políticos de la colonia Fernández Leal olvidaron el proyecto -ya que Porfirio Díaz había mandado traer a los inmigrantes y era a él a quien se pretendía derrocar- y entonces los italianos tuvieron que enfrentar por sí mismos los retos que imponía el nuevo país.
El periodo de la Revolución afectó también a las familias italianas a través de saqueos y maltratos. Los -zapatistas que llegaron apenetrar en la comunidad deseaban robar comida, dinero y llevarse a las güeras. Si se toma en cuenta que en esos tiempos la mayoría de los chipileños eran de nacionalidad italiana, y que por lo mismo muy poco entendían de los motivos de las revueltas nacionales, se comprende con facilidad que tales turbulencias hayan sido una de las causas más determinantes para provocar que la comunidad se cerrara sobre sí misma durante los siguientes años. Además, no hay que olvidar que el grupo de inmigrantes se encontró con un gran engaño al llegar a México y que tal impacto tuvo que haber provocado sentimientos muy complejos en la colectividad.
Se produjo un enfrentamiento armado entre los zapatistas y los italianos el 25 de enero de 1917, combate del que los italianos salieron victoriosos. Chipilo fue el único pueblo de la zona que repelió con éxito el ataque.
Durante la primera mitad del siglo XX, y gracias a los adelantos en los rubros de la tecnología y las comunicaciones, Chipilo incrementó su producción de lácteos y derivados perfilándose como una de las zonas que más empleos brindaban a los indígenas de pueblos cercanos.
Durante el periodo comprendido de 1924 a 1941, Italia emprendió acciones propagandísticas del gobierno fascista y de la italianidad. El renombrado poeta Gabriele D’Annunzio fue patrocinador de la Società Italo-messicana, como parte de los programas de expansión del
pensamiento fascista. América Latina, con su gran cantidad de emigrantes italianos, se convirtió también en un punto propagandístico estratégico. Fue así como, entre las misiones emprendidas por el gobierno fascista, el embajador extraordinario Giovanni Giuriati -con 700 personas más- llegó a México a bordo de la Nave Italia en 1924 y visitó las colonias de italianos. El estudioso Franco Savarino -de la Escuela Nacional de Antropología e Historia- escribe así sobre la visita de estos camisas negras a Chipilo:
La etapa culminante del viaje fue la visita a la mayor colonia italiana en México: Chipilo, situada cerca de Atlixco, a pocos kilómetros al sur de Puebla. La excursión había sido preparada en detalle por el cónsul italiano en Puebla, Carlo Mastretta. Los italianos se dirigieron en automóvil hacia la pequeña aldea de agricultores de origen véneto, a duras penas, pues el lodo atascaba la angosta vía. De Chipilo llegó entonces un grupo de jinetes que logró liberar a los coches y los escoltó hacia el pueblo. Allí los esperaba una bienvenida triunfal bajo una plétora de banderas tricolores y al grito multitudinario de Viva l'Italia! En el pueblo tuvo lugar una ceremonia conmovedora que alcanzó su mom ento culminante cuando Giuriati entregó a los chipileños una piedra del Monte Grappa, la montaña sagrada al sacrificio de los soldados italianos en la gran guerra. Una banda de música entonó la canción fascista Giovinezza, que arrancó lágrimas de emoción entre los huépedes, casi todos ex camisas negras y veteranos fascistas. Por pri mera vez, los colonos veían con sus propios ojos una delegación importante de italianos y se sintieron invadidos por una exaltación nacionalista no menos profunda de la que experimentaron Giuriati y sus acompañantes, al ver aquel reducto de campesinos italianos perdido en la campiña mexicana.
¿Cómo no recordar la Colonia de Chipilo? [relataría más tarde Giuriati]. En Chipilo mil vénetos intactos, de tres generaciones, han construido un pueblo idéntico a los de la llanura de Treviso y visten como vénetos y hablan véneto y viven según las costumbres de los antepasados y cultivan tierras fértiles según las enseñanzas de nuestra experiencia y aman Italia con la conciencia pura de servirla a los pies de las montañas mexicanas más y mejor que si se hubieran quedado cerca del Monte Grappa, del cual parecen haber aprendido la determinación heroica.
Además de Giuriati, el periodista y escritor Mario Appelius también describió aspectos de la comunidad chipileña de esos años. Sin embargo, al terminar la Segunda Guerra Mundial, estos movimientos fascistas en México y en el mundo se suspendieron. De hecho, la búsqueda del reforzamiento de la italianidad en comunidades como Chipilo fue, al parecer, un intento por aprovechar la nostalgia que los italianos emigrantes experimentaban por la lejana madre patria. Por parte de los chipileños, más que una auténtica compenetración con la ideología política del fascismo, debió existir un insatisfecho deseo de reencontrarse con los orígenes.
Años más tarde, por la década de los 60, se produjo uno de los cambios sociales que apuntalarían con mayor contundencia la hegemonía del castellano sobre el véneto (y, de hecho, sobre la cultura véneta): la entrada de la televisión, que transmitía no sólo programas y canciones en castellano, sino también usos y costumbres de la cultura oficial del país.
El último chipileño nacido en Italia murió en 1971, a los 93 años de edad. Su nombre fue Giacomo Berra y llegó de Italia a los cuatro años. Esto quiere decir que, de los 120 años de existencia de la comunidad, en Chipilo hubo habitantes nacidos en Italia durante 89 años.
El 7 de octubre de 1982 se celebró el centenario de la fundación de la comunidad. Llegaron grupos de italianos -entre ellos Flavia Ursini (sociolingüista) y Mario Sartor (antropólogo), quienes un año después publicarían en italiano un libro sobre Chipilo - y la comunidad quedó hermanada con Segusino, de donde varios de los italianos emigrantes partieron. Pocos años después del centenario, se produciría una de las modificaciones sociales más inciertas en la historia de esta comunidad: la introducción de la industria mueblera, que si bien aportó en su momento beneficios económicos, alteró también varios aspectos de la vida sociocultural.
EL VÉNETO CHIPILEÑO: LENGUA CONSERVADA A CONTRACORRIENTE
Dentro de los rasgos culturales que definen al chipileño, el más importante quizá es la lengua véneta que se sigue hablando cotidianamente en la comunidad. El véneto ha sido conservado por 120 años sin reforzamientos gubernamentales ni escolares, heredado por vía étnica, aprendido oralmente, pocas veces escrito o leído, jamás enseñado en las aulas, discriminado constantemente por los forasteros que entran a la población, estudiado hasta ahora sólo por lingüistas italianos, norteamericanos y alemanes, escasamente aprendido por quien decide mezclarse con chipileños, desplazado por el español en los medios de comunicación, en los propios documentos oficiales de Chipilo, en misa, en las actas de nacimiento y en los epitafios de la mayoría de los que habitan esta comunidad, pero siempre utilizado en la vida cotidiana, con los padres, con los hijos, con los amigos. El véneto chipileño, su grado de vitalidad, su dinámica de funciones lingüísticas, constituye un fiel termómetro para intuir no sólo la lealtad lingüística de sus usuarios, sino también la fuerza de la identidad véneta en los chipileños. El véneto, entonces, constituye el reflejo de la identidad de los chipileños.
El véneto es una lengua derivada del latín -como el italiano y el español- con la diferencia de que no ha gozado nunca de las ventajas de ser una lengua oficial o nacional. La variante lingüística a la que pertenece el véneto hablado en Chipilo es la septentrional, conocida también como variante feltrino-belunés. Esta lengua neolatina es hablada no sólo en la misma Italia, sino también en países cercanos a la península itálica (como Croacia y Eslovenia), y también en Brasil, Estados Unidos, Uruguay. En cuanto al caso de México, el véneto es hablado de manera comunitaria sólo en Chipilo y en el seno de algunas familias originarias de Chipilo que viven ahora en otras regiones (Atlixco, Querétaro, Guanajuato, D.F.). Otras colonias de emigrantes vénetos han abandonado sus elementos etnoculturales más propios, como es el caso de Huatusco, en Veracruz. Curiosamente, tal vez a causa de este mismo abandono, en comunidades de este tipo se observa un mayor prurito por recuperar los orígenes. Pero, al ser generacional el canal de transmisión de la cultura véneta, estas comunidades se ven imposibilitadas de recuperar su lengua y entonces se orientan hacia la oficialidad del italiano, hacia la promoción de eventos conmemorativos, a la fastuosidad que celebra vínculos de orden más político o turístico que a una realidentidad viva y cotidiana. La situación que presentan estas comunidades es una prueba evidente de que resulta mucho más fácil adquirir una cultura oficial, nacional, masificada, que recuperar elementos etnoculturales propios hundidos en el olvido por sus mismos herederos.
Hoy el véneto de Chipilo es la lengua étnica de los chipileños. En el panorama lingüístico italiano el véneto es una lengua minoritaria y en México, además de continuar siendo lengua minoritaria, es también una lengua de inmigración que no ha sido reconocida como tal. En este sentido, el véneto se asemejaría, por sus condiciones sociolingüísticas, al plautdietsch que hablan los menonitas.
Cuando los emigrantes vénetos llegaron a Chipilo, en 1882, los pueblos indígenas mexicanos de los alrededores hablaban sus propias lenguas indígenas. Esto trajo como consecuencia una mayor dificultad de comunicación para los vénetos, pero pronto esos pueblos fueron perdiendo sus lenguas y entonces los chipileños -sobre todo los más jóvenes- empezaron a aprender castellano, pero sin perder su véneto. Sólo mediante el uso del español fue posible comunicarse con los alrededores.
El véneto chipileño posee características propias que lo diferencian incluso del véneto hablado en las zonas de origen de los emigrantes, debido sobre todo a la imposibilidad en cuanto a contactos lingüísticos con otras variedades vénetas y, por supuesto, a causa de que los neologismos y localismos en Chipilo son mexicanos, mientras que los del véneto de Italia provienen de la cultura italiana. Debido a la lejanía con el país de origen, varios italianos comentan que el véneto hablado en Chipilo parece haberse conservado aún más que el de la propia Italia.
El véneto, contra lo que muchos piensan, no es una derivación del italiano , sino que más bien surge del latín, como todas las lenguas romances. Podemos afirmar que el véneto chipileño está compuesto por:
a) una mayoría de vocablos etimológicamente semejantes a los del italiano pero que se diferencian por la adición, caída o cambio en alguno de sus elementos fonéticos. Ejemplo: italiano domani = véneto domán (mañana), italiano tutti = véneto tuti (todos), italiano ridere = véneto ríder (reír), italiano forse = véneto fursi (quizás).
b) un caudal de vocablos por completo distintos a los del italiano oficial originados por diferente etimología latina o también por contactos germánicos, eslavos, franceses y, por supuesto, como derivaciones de la antigua cultura venética. Ejemplo: italiano ricotta = véneto puína (requesón), italiano suocero = véneto misiér (suegro), italiano temperino = véneto brítola (navaja), italiano inciampare = véneto inganbarar (tropezar).
c) una cantidad menor de vocablos idénticos a los del italiano oficial. Ejemplo: italiano vita = véneto vita (vida), italiano mondo = véneto mondo (mundo), italiano nome = véneto nome (nombre).
d) una cantidad creciente de préstamos del español y una restringida entrada de vocablos de origen indígena. Ejemplos: manential (manantial), pulca (pulque).
En el véneto chipileño se mantienen casi todos los fonemas del véneto italiano, cosa que provoca a veces fenómenos interesantes, como el hecho de que algunos chipileños hablen un español venetizado fonéticamente. Son cuatro los fonemas que existen en véneto y que no encontramos en el español que se habla en México: /?/ (la z del español castizo), /z/ (fricativa alveolar sonora o s sonora), y las vocales cerradas: /é/ y /ó/. Mientras en español estas vocales son simples alófonos, en véneto son fonemas . Por desgracia, el influjo del español está empezando a ocasionar en algunos hablantes vénetos la incompetencia para distinguir estos fonemas (sobre todo las dos vocales cerradas é y ó). Asimismo, los ancianos chipileños distinguen muy bien entre la oclusiva bilabial sonora /b/ y la fricativa labiodental sonora /v/. En el español mexicano esta distinción ya no se hace y parece que por influencia suya las nuevas generaciones de vénetos chipileños no las distinguen.
Además del bilingüismo originado por la lengua véneta, existe otro aspecto lingüístico: el español venetizado que hablan muchos chipileños. Al ser el véneto la lengua materna de casi todos los habitantes de Chipilo, a veces, cuando el chipileño habla en castellano, toma préstamos lingüísticos inconscientes del véneto. La entonación y algunos aspectos fonéticos propios de los chipileños también se deben al uso del véneto. Hay aún chipileños que hablan en castellano, pero piensan en véneto, así como también últimamente se presenta el fenómeno inverso. Este español venetizado se convierte a veces en motivo de escarnio por parte de quien escucha a un chipileño. Sin embargo, en situaciones de lenguas en contacto, este fenómeno es de lo más frecuente.
Aquí tenemos algunos ejemplos de español venetizado:
En véneto las oraciones negativas se construyen empleando doblemente el adverbio negativo no. No l é ñist no = no vino.
Entonces el chipileño suele negar del mismo modo en castellano: No vino no.
Otro caso es el de las interjecciones (uno de los elementos más enraizados en el hábito lingüístico de los hablantes).
¡Oyói! (interjección de desconcierto) = ¡Oyói! ¿Y ahora qué hacemos?
¡Orco! (interjección de enojo) = ¡Orco! ¡Fíjate en lo que haces!
¡Oh Dío! (interjección de sorpresa parecida a ¡Dios mío!) = ¡Oh Dío! ¿Qué te pasó?
A veces encontramos también el uso de verbos o incluso estructuras gramaticales vénetas en el castellano de los chipileños. Un caso de préstamo verbal:
Se inchucó = se atragantó.
La influencia del español es aplastante para el véneto chipileño, pues día con día amenaza con desplazarlo. El poder desplazador del español frente al véneto se explica gracias al prestigio lingüístico que el castellano posee como lengua oficial e internacional. Sin embargo, cabe señalar que el véneto posee también prestigio lingüístico entre sus hablantes. No en balde se ha conservado por más de un siglo en México, pero la cantidad de hablantes del castellano avasalla al número de hablantes del véneto. Podría afirmarse, entonces, que el prestigio lingüístico con el que el castellano aventaja al véneto en opinión de los chipileños es de orden principalmente cuantitativo, mientras que el prestigio del véneto resulta cualitativo . Esta influencia se extiende desde la fonética hasta el léxico y la morfosintaxis. Hay casos que parecen irreversibles. Como sucede con el condicional si: en véneto chipileño originalmente era se, pero ahora siempre se escucha si.
Es curioso el caso del pronombre en primera persona del plural ne, en el cual algunos jóvenes chipileños han empezado a recurrir al pronombre en español nos.
I ne á dit (nos dijeron)
I nos á dit (nos dijeron)
Los modismos del español de México también han entrado con fuerza en el véneto chipileño. Las groserías del folclor mexicano son frecuentes en véneto también. Más que un problema lingüístico, esto refleja una integración mental a lo mexicano.
También es frecuente encontrar gente que entiende el véneto tradicional, pero que al hablar recurre a préstamos del español. A veces incluso hay personas que alternan un término en véneto con otro en español.
Otro caso interesante es el del sustantivo apellido y el del verbo apellidarse. En véneto no existía este concepto. Incluso en italiano no existe algo parecido al verbo castellano apellidarse. En lugar de preguntar en véneto ¿cómo te apellidas?, se preguntaba ¿cómo te llamas? y eso significaba decir nombre y apellido. Pero dado que en español se hace una distinción lingüística clara entre llamarse y apellidarse, ahora lo más normal es escuchar:
Te ciámitu come?
(¿Cómo te llamas?) (sólo para nombre) y Te apellíditu come? (¿cómo te apellidas?) (sólo para apellidos)
Fenómeno similar ocurrió con otras distinciones faltantes en véneto y existentes en español, como en el caso de nieto y sobrino. Como en el italiano nipote, en véneto neódo representan tanto el concepto de nieto como el de sobrino, lo que ocurrió fue que se perdió primero la acepción neódo que indicaba al sobrino -y se introdujo sobrino al véneto- y después también cayó en desuso la que indicaba al nieto.
Otro caso de modificación por influencia de la lengua nacional es el del ingreso del diminutivo, tan usado en el español que se habla en México. El diminutivo del español mexicano parece tener la función lingüística de suavizar el tono en peticiones, órdenes o sugerencias, mientras que el diminutivo utilizado en véneto no proporciona del todo esa impresión ni es usado con tanta abundancia. Observamos entonces préstamos de palabras en diminutivo que, a pesar de existir término correspondiente en véneto, se toman íntegras debido a la imposibilidad de adaptar simplemente el diminutivo a la palabra véneta. Ejemplo: ¿Utu agüita? (¿Quieres agüita? en vez de ¿Utu acua ? (¿Quieres agua?)
La mayoría de los términos que han surgido de préstamos del español eran, hasta hace poco, sustantivos y muchos de ellos neologismos. Es decir, los préstamos se limitaban a aquellas palabras que los vénetos chipileños no sabían en véneto o a aquellos conceptos que no existían cuando todavía vivían en Italia. Se trataba de una españolización puramente funcional. Pero ahora notamos que los préstamos son cada vez más abundantes e innecesarios, ya que muchas veces existe término véneto para expresar lo que se dice en español. Ahora el véneto chipileño muestra préstamos en sustantivos, verbos, nexos y hasta en algún pronombre. Esto podría deberse más a la inconsciencia lingüística que a una decisión de funcionalidad.
Por lo que se refiere a la influencia véneta sobre el castellano, ésta se ha circunscrito a los pueblos indígenas que rodean Chipilo: existen indígenas que entienden o incluso hablan el véneto y hay influencias lexicales en los nombres de ciertos instrumentos o plantas y también en el uso de interjecciones. En la ciudad, la influencia del véneto se limita a las familias donde hay un miembro chipileño y tal influencia se da sobre todo en palabras de parentesco con las que los niños aluden a sus abuelos vénetos (nono = abuelo).
Una de las características quizá más peculiares del véneto -y de toda la cultura véneta de los chipileños- es la sensación inconsciente que tienen sus usuarios en el sentido de que lo véneto-chipileño debe vivirse y no compartirse. Es decir, el véneto será hablado por quien tenga algún motivo inherente para hacerlo. Esto queda evidenciado si analizamos los pocos casos de foráneos que intentan aprender el véneto: ninguno de ellos muestra una competencia lingüística total en cuanto al véneto chipileño. Y son justamente los mestizos los que distorsionan paulatinamente la lengua materna de la comunidad. En Chipilo, tras 120 años de fundación, no existen métodos escritos para aprender véneto: es una lengua que debe aprenderse por vía oral, vivencial, familiar. La lingüista italiana Patrizia Romani , afirma que el factor más fuerte ante el desplazamiento del véneto con respecto al castellano es el mestizaje, pues el único espacio de real adquisición del véneto -el hogar- añadirá, a raíz del matrimonio exogámico, un elemento castellanizante en el proceso de adquisición del lenguaje del niño y restará un elemento de transmisión del véneto. Igual ocurre con la convivencia social propia de la comunidad: el trato como chipileño se le dará a quien precisamente sea chipileño. Al ser una lengua étnica el véneto y, del mismo modo, una cultura fuertemente étnica la chipileña, conforme se vayan perdiendo los lazos sanguíneos se perderán también los rasgos socioculturales que definen al habitante de esta población.
Influjo náhuatl en el véneto de chipilo Los préstamos del náhuatl en el véneto se mantienen en el dominio de los vocablos que sirven para designar conceptos u objetos de la cultura indígena circundante. Los términos indígenas que se han más o menos normalizado en el véneto fluctúan entre los 50 vocablos.
Resulta curioso notar que gran parte de los préstamos indígenas dentro del véneto coinciden con los que existen en el español estándar. Sin embargo, en algunos préstamos encontramos una venetización recurrente: los vocablos indígenas que en español son sustantivos masculinos, en véneto se convierten en sustantivos femeninos. La explicación de este fenómeno se encuentra en el hecho de que gran parte de los vocablos de origen indígena terminan en e (como aguacate, chile, guarache) y otros, al pluralizarlos, recurren también a e (como es el caso de nopal = nopales). Al terminar en e -o es-, cuando los inmigrantes italianos escuchaban esas nuevas palabras automáticamente las consideraban sustantivos femeninos porque el plural femenino véneto -al igual que el italiano- termina en e. Entonces cuando convertían en singular esos sustantivos indígenas, los vénetos decían: aguacata, chila, guaracha, nopala. Han sido encontrados 15 casos de feminización de sustantivos masculinos de origen indígena en el véneto chipileño. Es factible pensar que tal conversión se llevó a cabo durante los primeros tiempos de la colonia, pero más tarde los vénetos habrán comprendido que se trataba de palabras masculinas y los restantes préstamos entraron sin venetización.
TRADICIONES
Las tradiciones chipileñas que surgen del legado cultural europeo son numerosas, aunque algunas estén cayendo en el olvido, pues los tiempos cambian. Algunas de las tradiciones chipileñas que subsisten son las siguientes:
El Bondí Bondán (Buen día, Buen año): se trata de una tradición, al parecer, nacida en suelo chipileño. El primero de enero de cada año, grupos de niños y jóvenes salen muy temprano por las calles a cantar casa por casa una breve canción en véneto con la que se les augura un feliz año a todos los chipileños. Los adultos, entonces, sobre todo las amas de casa, salen a regalarles dulces a los niños. La letra de la canción es ésta:
Bondí bondán
Deme na bona (la vostra) man
Que stegue ben tut al ano
Prima par al ánema e dopo par al corpo
Últimamente se ha visto en los pueblos aledaños a Chipilo una asimilación de esta tradición, pero sólo en parte. Los niños de los pueblos que rodean Chipilo han incluso aprendido la canción del Bondí Bondán en véneto (distorsionándola en muchos casos), pero la cantan sólo en las casas chipileñas. Los adultos de sus comunidades no asimilaron la función que les correspondía en esta tradición, es decir, la de darles dulces a los niños de su comunidad. Las bochas: se trata de un juego de hombres generalmente adultos. Es parecido al boliche. Se juega generalmente cada domingo, temprano, después de misa, en lugares destinados para tal propósito.
El Rigoleto: es un juego que se realiza cada domingo de Pascua. Previamente varias familias pintan los huevos de Pascua, luego los padrinos regalan a los ahijados un pañuelo que contiene algunos huevos pintados y algún otro regalo y finalmente los niños se reúnen en el zócalo de Chipilo para jugar con una teja por donde dejarán caer cada huevo. Cada niño del grupo hace un tiro. El objetivo consiste en que el huevo lanzado sobre la teja alcance al que otro niño tiró previamente; si lo alcanza, el niño ganará dicho huevo.
Por lo que respecta a la tradición oral, en Chipilo existen anécdotas, leyendas y relatos propios, algunos traídos desde Italia y otros surgidos tras la emigración. La gran mayoría de los relatos y leyendas chipileñas presentan tintes humorísticos y en varios de ellos lo que se fomenta es la sagacidad, la vida en familia. En otros se recurre al juego lingüístico. Muchos, también, están ligados a elementos religiosos. A continuación presentamos algunas de las leyendas, mitos e historias más conocidas.
El Mazharól : se trata de un personaje legendario en la tradición véneta europea. Es una especie de duendecillo o diablillo vestido de rojo, muy pequeño, que hace frecuentes travesuras entre las que destaca la de entrar subrepticiamente a los establos por la noche para cambiar de sitio los instrumentos de trabajo y amarrar entre sí las colas del ganado.
Le luniere: se trata de unas supuestas bolas de fuego que de cuando en cuando atacaban a la gente por la noche, estampándose en las puertas de las casas dejando una marca.
I can de sboldríc (o perros destripadores): se refiere a unos perros que volaban sobre las casas en las noches. En realidad parece tratarse de patos silvestres que producen algo parecido a gruñidos caninos. Sin embargo, en Chipilo esto se volvió un relato fantástico al parecer inspirado en unos perros asesinos que cuidaban las villas de los nobles en Italia y que eran entrenados para atacar a quienquiera que se acercara. En Chipilo este relato se empleaba para atemorizar a los niños obligándolos a dormir temprano.
La creencia del hundimiento del barco: se trata de un mito según el cual el barco que trajo a México a los inmigrantes se hundió a los pocos momentos de haber desembarcado sus pasajeros en Veracruz. Existen documentos que prueban que dicho barco -llamado Atlántico- siguió funcionando, pero lo interesante de esta creencia estriba en que al parecer los inmigrantes crearon con ella una alegoría sobre la imposibilidad del retorno a la madre patria, sobre el definitivo hundimiento de Italia.
Dentro de la gastronomía típica, hay platillos hechos sobre todo a base de maíz (como la polenta, que sirve de acompañamiento a modo de pan), el pan de maíz, y otros alimentos hechos sobre todo a base de vegetales, embutidos, lácteos y aderezados frecuentemente con vinagre y especias. Cabe mencionar que por mucho tiempo la comida principal de los chipileños fue la polenta. De hecho, en Italia polentón es un sinónimo de véneto. El spaghetti, panzerotti y demás platillos famosos de Italia no formaron realmente parte de la tradición gastronómica chipileña. Hoy -como sucede también en Italia- la polenta y demás comida característica de los vénetos pobres de antaño se sirve como platillo festivo y ocasional.
En lo tocante a la tradición laboral, la situación ha sufrido tres cambios principales: 1) Al emigrar, debido a las nuevas condiciones climáticas, los antepasados de los chipileños se vieron forzados a olvidar una de sus grandes tradiciones ocupacionales: la siembra de la uva para hacer vino y la cría de gusanos de seda para tela. 2) Ya establecida firmemente la colonia de Chipilo, predominó la ocupación agropecuaria. 3) Hace más de diez años, sin embargo, se introdujo a Chipilo la industria del mueble rústico que, al estar dirigida por ideologías ajenas a la comunidad, modificó muchos aspectos culturales en ella. Esta oleada de cambios sigue vigente y amenaza con ir fragmentando cada vez más la dinámica social de la población. La tradición arquitectónica véneta ha sido notada en la construcción de las primeras casas, en la de la iglesia, el panteón y en la estructura misma del pueblo. Sartor y Ursini señalan varios elementos arquitectónicos típicos del Véneto encontrados en Chipilo. El uso de la teja, el techo a dos aguas, las ventanas escasas y alargadas verticalmente, la comunicación entre la cocina y el establo, fueron elementos frecuentes durante los primeros años de la colonia. La cocina, por cierto, es el espacio de la convivencia familiar, donde todos concurren y donde además son recibidas las visitas.
La iglesia con una sola torre, sobria en sus adornos y colorido, también es comentada como una manifestación de la ideología arquitectónica véneta. El cementerio de Chipilo y sobre todo su parte más antigua, ha sido analizada por estudiantes de semiótica del Tecnológico de Monterrey. El doctor en semiótica, Alfredo Cid Jurado, ha visitado los cementerios de las poblaciones en las que nacieron los antepasados de los chipileños y ha afirmado que existen semejanzas arquitectónicas sorprendentes entre ambos. El panteón de Chipilo está construido en niveles descendentes, tras el cerro de la población. No debe haber sido casual la elección del lugar en que los primeros chipileños decidieron construirlo.
Puede que los italianos fundadores de Chipilo, al provenir de regiones muy montañosas, hayan decidido trazar su pueblo tomando como baluarte el pequeño cerro llamado Monte Grappa (al igual que el Grappa que se yergue en el Véneto). Hay quienes comentan que el Grappa de Chipilo y la iglesia dan la impresión de estar colocados frente al pueblo. De hecho, se dice que los primeros pobladores de Chipilo querían construir sus casas lo más cerca posible de ese cerro y de la iglesia. Otro aspecto comentado es el de que el pueblo no esté dividido por manzanas, como es típico en otras comunidades mexicanas.
IDENTIDAD Y COSTUMBRES
Una de las costumbres más características de los chipileños es la disciplina laboral. Trabajar los siete días de la semana, mañanas y tardes, desde muy temprano. Sin embargo, esto ha venido cambiando últimamente debido a las nuevas dinámicas laborales traídas a la población por la industria del mueble.
Otra característica en los chipileños es la tendencia a los localismos. La convivencia por muchos años se restringió al hogar, a los amigos que viven en la misma comunidad. Así como para los antepasados de los chipileños su mundo estaba constituido por las comunidades dejadas en Italia, el mundo de los chipileños actuales comienza justamente en Chipilo. Este rasgo es importante porque revela que la cultura del chipileño es predominantemente local, de conocidos o parientes (hay, por ejemplo, una frecuente recurrencia a los apodos). En Chipilo, por ejemplo, hay expresiones, gestos, tonos y actitudes que sólo pueden ser manifestadas y comprendidas entre chipileños (como por ejemplo la brusquedad en el trato, que puede molestar a los foráneos mientras que para el chipileño resulta familiar).
Otra cosa destacable es el carácter apolítico de la comunidad. Entre las condiciones que el gobierno mexicano ponía a los inmigrantes italianos figuraba la de ser gente con arraigo a la tierra que cultivaban (curiosa condición, cuando lo que se planeaba era sacarlos de su país) y que fueran apolíticos.
Otros rasgos característicos que conforman la identidad chipileña son: la tendencia al ahorro, el carácter poco festivo de la población, la limpieza en el hogar, el tono alto al hablar, la parquedad en el adorno, el orgullo por el origen, el sentido de la practicidad, el respeto por los antepasados, el amor por lo que da la tierra y la naturaleza, la predilección por lo concreto sobre lo abstracto, la sencillez en el vestir.
Pero si se ha de resumir en tres aspectos la identidad del chipileño, podríamos decir que en esta comunidad se vive de lo cotidiano (lo local, lo natural, trabajar siete días a la semana), se impulsan productos de primera necesidad (alimentos, sobre todo lácteos) y lo cultural está enclavado siempre en lo étnico (la lengua de los antepasados, la ideología de los ancestros).
Hay que subrayar que lo peculiar en la conservación de esta identidad es que, no obstante la lejanía con la cultura de origen y a la vez la cercanía con la capital poblana y algunas otras ciudades, los rasgos distintivos del chipileño permanecen vigentes en muchos de sus aspectos.
RELIGIÓN
La comunidad de Chipilo es profundamente religiosa. El catolicismo predomina, aunque en últimos tiempos se han empezado a observar brotes de religiones distintas. Lo cierto es que Chipilo, desde sus antepasados en Italia, trae consigo una fuerte tradición católica. La devoción por los santos y la virgen tiene un tinte diferente en Chipilo con respecto a otras zonas de México. La patrona de la comunidad es la Virgen de la Purísima Concepción; también hay muchos devotos de María Auxiliadora (aunque ahora, debido a que el sacerdote es foráneo, hay una Guadalupana en el frente de la iglesia). Existen otros santos de muy conocida tradicón en la comunidad como San Antonio de Padua, llamado Santantoni, muchas veces invocado para sanar al ganado de las enfermedades; Santa Gemma Galgani, santa italiana de los afligidos, muerta a los 25 años en 1903 tras haber sufrido varios estigmas y canonizada en 1940, de la que hay una imagen en la iglesia; y San Giovanni Bosco, dado a conocer sobre todo por las religiosas salesianas del colegio Unión de Chipilo.
Una manifestación religiosa de la orientación laboral de los chipileños puede hallarse en la imagen de San Isidro Labrador con sus instrumentos agrícolas en actitud de plegaria y a su lado un ángel que mira dos bueyes y un arado. Esta imagen también se encuentra en la iglesia del pueblo.
Religión e ideología se mezclan en los chipileños y es debido a esto que aún en la población no han entrado costumbres como la del día de muertos a la mexicana. Para el chipileño recordar la muerte es vestirse de luto, ir a misa, llevar a las tumbas flores de color discreto. El chipileño aún no asimila la relación entre muerte y fiesta característica en la ideología del pueblo mexicano.
CONFLICTOS INTERCULTURALES
Es muy extendida entre quienes rodean a los chipileños la costumbre de considerarlos racistas por el hecho de que exista en la comunidad un orgullo racial y un deseo por preservar los rasgos que definen a los chipileños como tal.
Si bien es verdad que en los chipileños puede haber racismo, también es cierto que en muchos foráneos existe un autorracismo que se manifiesta en la valoración que reciben los pobladores de Chipilo por ser güeros, así como también la creencia generalizada de que los chipileños son gente vanidosa y agresiva; es una muestra de lo que ocurre cuando chocan las culturas.
Algunos ejemplos de calificativos denigrantes que emplean los foráneos para referirse a los chipileños son: italindios, chipilindios, italianos chafa, indios güeros. Como observamos, el común denominador en tales calificativos es el confrontamiento del elemento extranjero con el elemento indígena. Es decir, en la ideología del mexicano no es posible la convivencia entre lo blanco y aquello que está relacionado con el campo. En el estereotipo mexicano sobre las etnias blancas siempre está incluido lo estético, lo económico y lo urbano. Al ver a un güero trabajando en el campo o entre vacas, el estereotipo mexicano se confunde y aflora entonces la palabra indio con intenciones ofensivas.
Frecuentemente al chipileño le es negado su derecho a las raíces étnicas vénetas o italianas y como argumento se recurre al hecho de que los chipileños han nacido ya en México y deben aguantarse o que por haber nacido aquí son más mexicanos que el nopal. Es obvio que en tales comentarios se percibe intolerancia a la diversidad étnica.
Sobre el tema del autorracismo y su negación han hablado diferentes pensadores . Incluso el mero hecho de la existencia de los italianos en Chipilo y otros extranjeros en diferentes comunidades mexicanas gracias a las políticas de colonización podrían tener sustento racísta, como lo denuncia José Agustín Ortiz Pinchetti:
Durante el porfiriato nadie negaba la subsistencia de una estructura racial, la herencia de la colonia, y México estaba empeñado en superarla para ‘blanquearse’. De ahí la idea de imponer colonos= europeos.
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
- Alejandra Xanic y Eloy Valtierra, “Italia, México” en Día sie=te, nº. 16, 2000, pp. 14-23.
- José Benigno Zilli Mánica, Italianos en México, México, Ediciones San José, 1981.
- Celia Constantini de Facinetto, Centenario de Chipilo, 1882-1982, México, edición de autor, 1982.
- José Agustín Zago Bronca, Breve historia de Chipilo, Edición de autor, México, 1982; Los cuah’tatarame de Chipíloc, México, Edición de autor, 1998; Chipilo, 120 aniversario, México, Edición de autor, 2002.
- Franco Savarino, “Bajo el signo de Littorio: la comunidad italiana =en México y el fascismo (1924-1941)” en Revista Mexicana de Sociología, abril-Junio del 2002, pp. 113-139.
- Mario Sartor y Flavio Ursini, Cent’anni di emigrazione: una comunità veneta sugli altipiani del Messico, Treviso, Italia, Grafiche Antiga, 1983.
- Klaus Zimmermann, “Lengua, habla e identidad cultural” en Estudios de Lingüística Aplicada 14, México, UNAM/CELE, diciembre 1991; Gianna Marcato y Flavio Ursini, Dialetti veneti, grammatica e storia, Padova, Italia, Unipress, 1998; Carolyn MacKay, Il dialetto veneto di Segusino e Chipilo, Cornuda, Italia, Grafiche Antiga, 1993. Walter Basso y Dino Durante, Nuovo dizionario veneto-italiano etimologico – =italiano-veneto, con modi di dire e proverbi, Villanova del Ghebbo, Italia, Ciscra edizioni, 2000; Gaetano Berutto, La sociolingüística, México, Nueva imagen, 1977; Giuseppe Boerio, Dizionario del dialetto veneziano, Italia, Premiata Tipografia di Giovanni Cecchini Edit, 1856.
- Del véneto provienen algunas palabras usadas en el italiano oficial y, de hecho, la palabra ciao —conocida internacionalmente— es d=eorigen véneto. Ciao proviene de un antiguo saludo véneto que significaba “esclavo vuestro” (s-ciavo vostro), “estoy a = vuestras órdenes”. Este saludo fue simplificándose con el paso del tiempohasta convertirse en s-ciao (esclavo) y, finalmente, en ciao.- El italiano oficial es también —como el véneto— un dialecto s=urgidodel latín popular. El dialecto toscano es ahora lengua oficial de Italia gracias a factores de orden sociopolítico, pero no por causas meramente lingüísticas. De hecho el italiano posee vocablos de origen véneto (sin ir más lejos, el famoso ciao) y existe también un italiano hablado recurriendo a venetismos.
- Es decir, distinguen palabras en su significado según se emplee vocal abierta o cerrada. Es el caso de pel (con e abierta) = “piel.=221; y pel (con e cerrada) = “pelo”.
- Un estudio basado en encuestas a chipileños arrojó el resultado de que las razones por las que un chipileño quiere hablar español responden a la conveniencia de la comunicación con los foráneos, a la necesidad de usarlo para estudiar, etc., mientras que los motivos de gusto por el véneto se refieren a lo emotivo, a lo estético, al hecho de tratarse de la lengua materna y aun se argumentaron motivos defensivos.
- Acueta —es decir, el diminutivo de acua— sonaría un tanto inusual en opinión de un chipileño: de ahí que algunos hablantes prefieran tomar el préstamo agüita.
- Patrizia Romani, Conservación del idioma en una comunidad italo-mexicana, México, INAH Serie Lingüística, 1992.
- Para todo lo relacionado con el influjo del náhuatl sobre el véneto y en específico lo relativo a la feminización de los sustantivos de origen indígena que entraron al véneto, véase Rosa María Couto Ríos y Eduardo Montagner Anguiano, Influencia del náhuatl en el véneto de Chipilo, Trabajo de investigación presentado para la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica de la BUAP, 2001.
- Hay otras versiones. Una de las más conocidas es en la que este verso se cambia por Gue yure an bon capo de ano. La traducción de la versión más difundida es ésta: “Buenos días, buen año / deme una buena (su) mano / que esté(n) bien todo el año / primero espiritual y después físicamente”. En la versión aquí escrita se ha castellanizado=la grafía del véneto.
- Usamos “zh” para indicar la z pronunciada a la española que e=n fonética se transcribe frecuentemente con el símbolo ?.
- “El mexicano no quiere ser ni indio ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo.” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, FCE, 1994, pág. 96.
- ''En México se practica un racismo soterrado, no reconocido, que se esconde y no tiene nombre, porque oficialmente no existe. Los mexicanos no somos racistas, somos clasistas, en el mejor de los casos. Más allá de todo adjetivo, es un problema general que tiene que ver con no aceptar la diversidad. El racismo surge de la idea de necesitar aniquilar al otro porque representa un estorbo, y se encuentran causas basadas principalmente en lo racial para hacerlo. Sin embargo, hemos desarrollado como sociedad una diversidad de formas de exclusión a las que no llamamos racismo: se excluye por ser viejo, joven, rico, pobre, moreno, güerito, por poseer determinada cultura o por profesar equis religión. Ya no sólo es la raza. Cuando alguien trata de imponerse a otro, debe encontrar distintas formas para hacerlo sentir inferior y despreciar lo que es:"Esther Kravzov Appel, “Kravzov: Indispensable aceptar que persiste el racismo en México” en La Jornada Nacional, 12 de noviembre de 2002. Consultable = también en internet. Esther Kravzov Appel es especialista del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, y coordinó el Coloquio Mundial Racismo y Mestizaje.
- José Agustín Ortiz Pinchetti, “Nuestro racismo: afrontarlo para superarlo” en La Jornada Nacional, 19 de abril de 1998. Consultable en internet.
Tomado de http://www.raixevenete.net/documenti/doc298.asp
Historia de Chipilo.
(Fuente: Wikipedia en español, es.wikipedia.org y Eduardo Montagner Anguiano, www.orbilat.com )
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Chipilo es una pequeña ciudad localizada a 12 kilómetros al sur de la ciudad de Puebla, en México. Se encuentra a 2150 metros sobre el nivel del mar. Su nombre oficial es Chipilo de Francisco Javier Mina. El gentilicio para los originarios de Chipilo es chipileños.
Chipilo fue fundada el 2 de octubre de 1882 por inmigrantes italianos provenientes de la región septentrional del Véneto. La mayoría de ellos vinieron de Segusino y de los pueblos aledaños en Treviso. En este sentido, la inmigración italiana a Chipilo difiere de la de otros lugares de Latinoamérica, como la de Buenos Aires, ciudad en donde la mayoría de los inmigrantes venían de las regiones del sur de Italia.
Los inmigrantes vinieron a México en busca de tierras fértiles y huyendo de la pobreza que azotaba la región del Véneto en esa época. Muchos de ellos se dedicaron a la ganadería. Los productos lácteos se volvieron famosos en muchos lugares de México. Muchos de los chipileños también trabajaron en Segusino, una compañía de muebles rústicos. De igual manera, varias franquicias mexicanas tienen su origen en Chipilo, como lo son la heladería "Topolino" y "The Italian Coffee Company" una cafetería tipo Starbucks.
Antes de que la ciudad de Puebla absorbiera a Chipilo, ésta estuvo aislada la mayor parte del siglo XX. De ahí que, a diferencia de lo que ocurriría con otros inmigrantes italianos que se establecieron en México, los chipileños conservaron sus tradiciones y sobre todo su idioma. Hoy en día la gente en Chipilo todaví a habla el dialecto véneto de sus bisabuelos. La variante del dialecto se habla es el feltrino-belunés. Es de sorprender que el dialecto no ha sido muy por el español, en comparación con cómo ha sido alterado en Italia por el italiano. Aunque el gobierno estatal no lo ha reconocido, por el número de hablantes, el dialecto véneto bien podría ser considerado una lengua minoritaria en Puebla.
Son frecuentes todavía los siguientes apellidos: Galeazzi, Zago, Merlo, Berra, Colombo, Stefanoni, Minutti, Montagner, Zanella, Barbizan, Crivelli, Precoma, Bagatella, Vanzzini, Piloni, Mazzocco, Bronca, Martini, Bortolotti, Orlanzino, Mioni, Bortolini, Spezzia, Dossetti, Sevenello, Lavazzi, Bronca, Simoni, Zecchinelli, entre otros. Son ya menos frecuentes apellidos como: Romani, Tripiedi, Agostineto, Melo, Fascinetto. Naturalmente hay otros que ya se han perdido, como Zavarisse, Capaciolli, Zalot.
La vida en Chipilo se mantiene tranquila a pesar del constante contacto con gente ajena a la comunidad. En cuanto a lo laboral, Chipilo fue por mucho tiempo un pueblo agropecuario casi en su totalidad. Ahora, sin embargo, esta ocupación ha decrecido, aunque todavía un buen número de chipileños continúan con sus establos y otros más desean volver a dedicarse a la ganadería. El trabajo en la industria de los muebles rústicos resultó en un principio convincente, pero en los últimos tiempos ha mostrado frecuentes crisis. La mayoría de los habitantes de Chipilo son vénetos puros. Luego siguen en cantidad los mestizos. Los habitantes que no tienen apellidos vénetos son pocos todavía, aunque desde hace años han aumentado notoriamente. Por las calles de Chipilo es normal encontrar gente hablando véneto. En familia, más aún. Las diferencias culturales se hacen eviden tes al escuchar las opiniones de los habitantes de zonas aledañas a Chipilo. El contraste entre la mentalidad festiva mexicana y el carácter un tanto frío de los chipileños queda de manifiesto en comentarios como éste: los chipileños sólo saben trabajar. No hacen fiestas, son aburridos. Nosotros los mexicanos somos de sangre caliente y ellos gritan mucho, pero no hacen nada porque son de sangre fría.
La variante lingüística a la que este dialecto pertenece es el véneto septentrional, conocido también como feltrino-belunés, por abarcar zonas intermedias de Feltre y Belluno. A veces se le llama también variante bajo belunés. Cuando los emigrantes vénetos llegaron a Chipilo, en 1882, los pueblos indígenas mexicanos de los alrededores hablaban sus propias lenguas indígenas. Esto trajo como consecuencia una mayor dificultad de comunicación para los vénetos, pero pronto esos pueblos fueron perdiendo sus lenguas y entonces los chipileños empezaron a aprender español, pero sin perder su véneto. Sólo mediante el uso del español pudieron los chipileños comunicarse con los alrededores. A muchos les sorprende que aún se conserve el véneto en esta comunidad. Algunos explican que esto se debe a que el grupo de emigrantes vénetos llegado a Chipilo constituía una homogeneidad lingüística que favoreció la conservación. Otros hablan de que las condiciones geográficas en las que se encuentra Chipilo ayudaron a esta conservación porque mantuvo aislados a los chipileños de influencias externas peligrosas lingüísticamente. Otros incluso llegan a decir que Chipilo ha conservado su lengua por vanidad. En opinión de algunos chipileños, sin embargo, es el orgullo por las raíces lo que ha logrado esta preservación. Pero no hay que olvidar que una lengua unifica a una comunidad y que, entre otras muchas cosas, un código lingüístico puede servir incluso como mecanismo de defensa ante lo extraño: esto último jugó un papel importante en el impulso cons ervador lingüístico de los chipileños.
Si revisamos las condiciones sociolingüísticas del dialecto chipileño, podemos comprender que éste enfrenta muchos riesgos. Si tomamos en cuenta al dialecto como mecanismo de defensa, hoy en día las razones para defenderse de lo extraño han decrecido: hoy los chipileños somos mexicanos bilingües y biculturales, pero no tenemos ya muchos motivos para defendernos de quienes nos rodean. Más bien, hay incluso una marcada tendencia hacia la integración sobre todo en los jóvenes chipileños.
Por otro lado, la población chipileña difícilmente llega a las cincomil personas. Esto provoca en algunos la admiración de que en México esa cantidad de gente sea bilingüe; pero en otros provoca indiferencia, pues les parece un número poco considerable de hablantes y entonces se piensa que no es necesario preservar ese bilingüismo y más bien abogan por la pérdida del dialecto. En cuanto a la imagen que tienen los forasteros del dialecto, podemos también presentar dos tipos de opinión: unos se interesan por este fenómeno lingüístico y aun lo alientan; otros creen que lo que se habla en Chipilo es italiano y, cuando se enteran de que es un dialecto hablado en Italia, se decepcionan y a veces hasta optan por el escarnio. Sea como sea, lo importante en cuanto a la conservación del véneto reside en lo que piensan sus propios hablantes. Y esto a veces no es tan favorecedor. Dado que desde la llegada de los vénetos a Chipilo el dialecto no ha sido escolarizado, los chipileños opinan que su dialecto no tiene escritura, que no la merece, y dicen que el dialecto hay que escribirlo como mejor se entienda. En las escuelas chipileñas siempre se ha prohibido hablar el véneto y ha habido maestras que incluso han regañado a los niños por hablarlo. Les han dicho que lo mejor es "que se lo quiten".
Sin embargo, los papás han opinado lo contrario: "si lo hemos conservado hasta ahora, sigamos conservándolo. Es lo único que tenemos, lo único que somos". Por muchos años se mantuvo en Chipilo una unidad no sólo lingüística, sino cultural y racial. Pero esto ha venido cambiando y ha ocurrido un deterioro en lo lingüístico. A mayor número de personas sin cultura véneta, menor cantidad de cultura véneta. En los últimos años Chipilo ha dejado de ser un pueblo agropecuario para convertirse en un lugar industrial. Los trabajadores externos que entran a Chipilo cada día, lo hacen en cantidades enormes. Y es muy raro que un forastero aprenda las costumbres vénetas. Más bien ocurre lo contrario: el forastero obliga al chipileño – en su propio suelo – a abandonar sus costumbres, dialecto y raza.
